lunes, 18 de abril de 2016

Sermón sobre la Comunión indigna del Santo Cura de Ars (Oportunísimo)


Si todo pecado mortal, hijos míos, le da muerte a nuestra alma, la separa de Dios para siempre, la precipita a todo tipo de desgracias, ¿a cuál estado debe pues reducirse el más horrible de todos los crímenes, que es el sacrilegio? Oh mi Dios, ¿quién es el que jamás podrá formarse una idea del estado espantoso de una alma cubierta de sacrilegios? Sí, nos dice Jesucristo, cuando ustedes vean la abominación de la desolación en el lugar santo, predicha por el profeta Daniel, compréndanlo bien; no, no, hijos míos, no eran las profanaciones que se habían cometido, y que todavía debían cometerse en el templo de Jerusalén, las que hicieron derramar las lágrimas de Jesucristo. ¡Ay! Hijos míos, habiéndose escogido el corazón del hombre para hacerlo su morada y su templo, Jesucristo preveía sin duda las profanaciones y las abominaciones desastrosas que el demonio haría por el pecado; ¡qué pensamiento triste y desconsolador para un Dios! Pero el más grande y más terrible de todos los dolores es prever que se profanaría su cuerpo adorable y su sangre preciosa.

¡Oh mi Dios! ¡Oh desgracia incomprensible! Los cristianos pueden ser bien culpables  de tal crimen, ¡que el infierno jamás pudo  inventar algo semejante! ¡Ay! San Pablo ya lo lamentaba en su tiempo. No pudiendo un día hacerles sentir toda la negrura de este crimen espantoso, les decía llorando amargamente: que suplicio no recibiría el portador de una mano parricida en el cuerpo de un Dios hecho hombre, que le golpeó el corazón… ¡Ah! ¡Este tierno corazón qué nos ama hasta en la cruz, y que le arrancaría la sangre de sus venas!… ¡Ah! Esta sangre adorable derramada por nosotros, que nos santificó en el santo bautismo, que nos purificó en el sacramento de la penitencia; parecería imposible encontrar castigos bastante rigurosos y cristianos capaces de tal crimen. ¡Ay! Se exclama, aquí esta uno todavía infinitamente más espantoso, es el recibir indignamente el cuerpo adorable y la sangre preciosa de Jesucristo, es profanarlo, mancharlo, envilecerlo; ¿este crimen es posible?… ¡Ah! ¿Por lo menos, lo es para los cristianos? Sí, ¡hay estos monstruos de ingratitud qué llevan su furor hasta tal exceso!
Sí, hijos míos, si el buen Dios, en este momento, mostrara las comuniones de todos los que están aquí, al descubierto, Ay! ¡Cuántos aparecerían con su sentencia de reprobación escrita en su conciencia criminal con la sangre de un Dios hecho hombre! Este pensamiento hace estremecerse, y sin embargo nada tan común como estas comuniones indignas; ¡cuántos tienen la temeridad de acercarse a la Mesa santa con pecados escondidos y disfrazados de confesión! Cuántos no tienen este dolor que el buen Dios les pide a ellos; ¡cuántos no hacen todos sus esfuerzos para corregirse! ¡Cuántos conservan una voluntad secreta de recaer sobre el pecado! Cuántos no evitan las ocasiones del pecado, pudiendo hacerlo; ¡cuántos conservan hasta la Mesa santa las enemistades en su corazón! Sondeen sus conciencias, hijos míos, y vean si ustedes nunca estuvieron en una de estas disposiciones acercándose a la comunión santa; si han tenido esta desgracia, hijos míos, ¿de cuáles términos podría pues servirme para hacerles sentir  todo su horror? ¡Ah! Si me fuera permitido, iría al infierno para arrancarles a un infame y  traidor Judas todavía la humeante  sangre adorable de Jesucristo que profanó tan horriblemente. ¡Ah! si ustedes pudieran oír los gritos y los aullidos que lanza; ¡ah! si pudieran comprender los tormentos que aguanta a causa de su sacrilegio,  morirían de espanto. ¡Ay! ¡Qué será de aquellos que, posiblemente toda su vida, hicieron sólo sacrilegios! ¿Los cristianos que me escuchan y que son culpables, todavía pueden vivir bien? Sí, hijos míos, el sacrilegio es el más grande de todos los crímenes, ya que ataca a un Dios y le da muerte, y nos trae a todos las más grandes desgracias.
1.     – Si les hablara a idólatras o hasta a herejes, comenzaría a probarles la realidad de Jesucristo en el sacramento adorable de la Eucaristía; pero no, nadie tiene la menor duda sobre eso. ¡Ay! haría falta que para los que se acercan en malas disposiciones, Jesucristo no esté allí; pero no, está allí también para los que se atreven a presentarse con pecado en el corazón, como para los que están en estado de gracia. Quiero solamente, comenzando, citarles un ejemplo que fortificará su fe, y les dará una idea de las disposiciones que ustedes deben tener, para no profanar este gran Sacramento de amor. Se refiere, en la historia, que un sacerdote que decía la Misa santa, después de haber pronunciado las palabras de la consagración, duda si Jesucristo está realmente presente en cuerpo y en alma en la Hostia santa; en el mismo instante la Hostia santa fue totalmente teñida de sangre. Jesucristo parecía querer por tan grande milagro criticarle a su ministro su poca fe y fortalecer a los cristianos en esta verdad de fe, que está realmente presente en la santa Eucaristía. La santa Hostia vertió sangre con tanta abundancia que el corporal, los manteles del altar, y el mismo altar fueron enrojecidos. El Santo Padre, siendo informado, hizo traer a una iglesia el corporal, que se llevaba cada año el día del Corpus Christi, en gran veneración. No, hijos míos, todo esto no es necesario para ustedes, porque nadie duda de eso; pero mi intención es mostrarles mientras me sea posible el tamaño y horribilidad del sacrilegio. No, este conocimiento jamás se dará al hombre mortal; tendría que ser Dios mismo, con el fin de poder comprenderlo; sin embargo, para darles una idea débil, les diré que el que tiene esta gran desgracia, hace un pecado que ultraja más al buen Dios que todos pecados mortales que se cometieron desde el comienzo del mundo y que los que podrán cometerse hasta el final de los siglos; si usted me pregunta la razón, es porque el sacrilegio ataca a la persona de Jesucristo mismo, mientras que otros pecados desprecian sólo sus mandamientos. Pues es completamente imposible mostrarles en toda su negrura; ¡Ay! Sin embargo, son tan comunes estos sacrilegios.
Si quisiera, hijos míos, hablarles de la muerte corporal de Jesucristo, yo solo tendría que hacerles la pintura de los tormentos que aguantó durante su vida; yo solo tendría  que mostrarles este pobre cuerpo todo en colgajos, tal como estaba después de su flagelación, tal como está ahora sobre el madero de la cruz; no haría falta más para tocarles el corazón y hacerles derramar sus lágrimas. En efecto, ¿cuál es el pecador más endurecido que podría resistir  y que no mezclaría sus lágrimas con esta sangre adorable? Cualquier joven, si fuera a echarme a sus pies con un Dios que llora sus pecados, rogándole en gracia que no lo mate, su corazón más duro que una roca, al que seguidamente sus lágrimas fluirían y pisoteando sus placeres, se despediría de ellos para siempre. ¿Cuál es el avaro, al que le presentaría a un Dios despojado de todas las cosas, desnudo sobre una cruz, a quien todavía podrían gustarle los bienes de este mundo? ¿Cuál es el impúdico que iría a esperar a que pase, que corre como un desesperado hacia el objeto de su pasión, si le presentara a su Dios totalmente cubierto de heridas, de sangre, pidiéndole por favor de no quitarle la vida, no caería a sus pies gritando misericordia?
¡Ay! hijos míos, la muerte que le damos a Jesucristo por la comunión sacrílega es  todavía infinitamente más horrible y más dolorosa. Cuando estaba sobre la tierra, sufrió sólo un cierto tiempo, y murió sólo una vez; todavía, es su amor que lo hace sufrir y morir; pero, aquí, no es más la misma cosa. El muere  a pesar de si mismo, y su muerte, muy lejos de ser  ventajosa para nosotros como la primera vez, gira a nuestra desgracia atrayéndonos todo tipo de castigos y en este mundo y en el otro. ¡Oh mi Dios! ¡qué somos crueles hacia un Dios tan bueno! Sí, hijos míos, cuando reflexionamos sobre la conducta de este apóstol pérfido que traicionó y que vendió a su divino Maestro, que desde hace varios años, le había admitido en nombre de sus favoritos más queridos, que le había colmado de tantos beneficios, que le había dado un cargo preferentemente a otros, que había sido testigo de tantos milagros; cuando nosotros recordamos, digo, las crueldades y la barbarie de los judíos que hicieron a este divino Salvador todo lo que su rabia pudo inventar de mayor crueldad, a este divino Salvador que había venido a este mundo sólo para arrancarles de la tiranía del demonio, elevarles a la gloriosa calidad de hijos de Dios, de coherederos de su reino, podemos considerarlos sólo como monstruos de ingratitud, dignos de la execración del cielo y de la tierra y de los castigos más rigurosos que el buen Dios pueda hacer sentir a los réprobos en toda su potencia y su cólera justa.
Digo primero, hijos míos, que el que tiene la gran desgracia de comulgar indignamente, su crimen es todavía infinitamente más horrible  que el de Judas que traicionó y vendió a su divino Maestro, y que el de los judíos que le crucificaron; porque Judas y los judíos todavía parecían tener alguna excusa de dudar si verdaderamente era el Salvador. Pero este cristiano, pero este desafortunado profanador, ¿puede ponerlo en duda? ¿Las pruebas de su divinidad no son bastante evidentes? ¿No saben que a su muerte todas las criaturas parecieron ablandarse, que la naturaleza entera pareció aniquilarse viendo expirar a su Creador? ¿Su resurrección no fue manifestada por una infinidad de los prodigios más sorprendentes, que no podían dejar alguna duda de su divinidad? ¿Su ascensión no se hizo en presencia de más de 500 personas, que casi todas, derramaron su sangre para sostener estas verdades? Pero el desafortunado profanador no ignora nada de todo eso, y con todos sus conocimientos  traiciona y  vende a su Dios y a su Salvador al demonio y le crucifica en su corazón por el pecado. Judas se sirvió de un beso de paz para entregarlo a sus enemigos; pero el indigno comulgando lleva todavía más lejos su crueldad: ¡después de haber mentido al Espíritu Santo en el tribunal de la penitencia escondiendo o disfrazando algún pecado, se atreve, este desgraciado, ir a colocarse entre los fieles destinados a comer este pan, con un respeto hipócrita sobre la frente!  ¡Ah! no, no, nada detiene a este monstruo de ingratitud; se adelanta y va a consumir su reprobación. En vano, este tierno Salvador, viéndole venir, grita del fondo de su tabernáculo como al pérfido Judas: “mi amigo, ¿qué estás haciendo aquí? ¿Qué, mi amigo, vas a traicionar a tu Dios y tu Salvador por un signo de paz (Lc  22, 48)? Paren, paren, mis hijos; ¡ah! por favor, evítame. “Pero, no, no, ni los remordimientos de su conciencia, ni los reproches tiernos que hace su Dios pueden parar sus pasos criminales. ¡Ah! ¡Se adelanta, va a apuñalar a su Dios y su Salvador! ¡Oh cielo! ¡qué horror! ¿Pueden sostenerse bien sin temblar de este infeliz asesino de su Creador? ¡Ah! ¿no está allí la cumbre del crimen y de la abominación en el lugar santo? ¡Ah! No, no, jamás el infierno en todo su furor pudo inventar algo semejante; no, no, las naciones idólatras jamás pudieron inventar nada semejante en odio del verdadero Dios, si lo comparamos con los ultrajes que un cristiano que comulga indignamente hace a Jesucristo.
Sin embargo leemos en la historia unos ejemplos que hacen estremecerse. Vemos que un emperador pagano, en odio a Jesucristo, colocó a ídolos infames sobre el Calvario y sobre el Santo sepulcro, y creyó en esto que él no pudo llevar más lejos su furor hacia Jesucristo. ¡Eh! ¡Gran Dios! ¡Hay algo comparable con el comulgante indigno! ¡Ah! no, no, no es más entre ídolos mudos e insensibles que él coloca a su Dios, pero, ¡Ay! ¡En medio de sus pasiones infames y vivas, qué son tantos verdugos qué crucifican a su Salvador! ¡Ay! ¿Qué digo? Este desgraciado  une al Santo de los santos a asesinos prostituidos y le vende a la iniquidad. Sí, este desgraciado sumerge a su Dios en un infierno intenso. ¿Podemos concebir bien algo más espantoso? Sí, hijos míos, somos sobrecogidos de horror viendo en la historia las profanaciones que se han hecho a las santas Hostias. ¿Pero qué éstos, si se los comparamos a los que comulgan indignamente? ¡Oh! no, no, esto todavía no es nada.
Voy a citarles algo que les horrorizará. Se ha informado que una mujer cristiana, que era pobre, había pedido prestado de un Judío una pequeña cantidad de dinero, y le había dado en prenda uno de sus vestidos. Al estar próxima la fiesta de Pascua, rogó que el judío le devolviera para ese día las cosas que se le habían dado. El judío le dice que le daría todo y las tendría si, después de haber comulgado, le aportaba la Hostia santa. Esta desgraciada, para no ser obligada a devolverle la suma, le dice que sí. Al día siguiente, fue a la iglesia, y después de haber recibido la Hostia santa en su boca, seguidamente la retira, se la pone en su pañuelo y la lleva al infeliz Judío que se la había pedido sólo para ejercer su furor contra Jesucristo. Teniéndola una vez entre las manos, la trató con la máxima crueldad. Vemos que Jesucristo le mostró constantemente cuánto era sensible a los ultrajes que este desgraciado le hacía. El judío puso la Hostia santa sobre una mesa, y le dio cantidad de golpes de navaja; salió de ella una cantidad muy grande de sangre que cubrió totalmente la mesa. La tomó y la colgó de un clavo, le dio latigazos hasta que quedó satisfecho; la perforó con una lanza, salió de ella  sangre como en el momento en el que fue crucificado; luego, la echó en el fuego, donde se la veía voltear aquí y allá entre las llamas sin recibir ningún daño; su rabia lo llevó a echarla en una caldera de aceite hirviendo: el líquido pareció ser convertido en sangre. La santa Hostia, en este momento, tomó la forma de Jesucristo en cruz. Este desgraciado, lleno de espanto, corre para esconderse en un reducto de su casa. Sin embargo, uno de los niños del Judío que ve a cristianos que iban a la iglesia, les dice: “ustedes no deben ir mas por su Dios, mi padre lo mató.” Una mujer que escuchaba a este niño, entró en la casa, todavía viva la Hostia santa que estaba en forma de cruz; esta mujer corre para tomar un pequeño vaso; en el momento que presentó su vaso, la Hostia santa retomó su antigua forma y se colocó en el vaso que había traído. Este infeliz Judío fue tan endurecido que prefirió dejarse quemar vivo que hacerse bautizar.
No podemos pensar en estos horrores sin estremecerse. ¡Ay! hijos míos, si supiéramos lo que es el sacrilegio, es decir el ultraje que hace a Jesucristo el que comulga indignamente, el solo pensamiento nos mataría de espanto. Este Judío, después de haber saciado todo su furor contra Jesucristo tratando tan indignamente esta Hostia santa, luce más o menos como un pecado venial tiene semejanza con un pecado mortal, si lo comparamos con un sacrilegio que hace un mal cristiano que tiene la desgracia de acercarse a la Mesa santa sin estar en estado de gracia. ¡Ah! No, no, el infierno jamás pudo inventar nada más horrible que el sacrilegio para hacer sufrir a Jesucristo.
2 ° Yo digo que a la perfidia de Judas al indigno comulgante se añade la ingratitud, el furor y la malicia de los judíos. Escuchemos el tierno reproche que Jesucristo les hacía a los Judíos (Jn 10, 32):” ¿por qué me persiguen? ¿Esto es porque alumbré a los ciegos, enderecé a los cojos,  devolví la salud a los enfermos, resucité a los muertos? ¿Es pues un crimen haberles querido tanto?” Tal es el lenguaje que Jesucristo les envía a los profanadores de su cuerpo adorable y de su sangre preciosa. Todavía, nos dice por la boca de uno de sus profetas (Sal 54, 13-14), si este ultraje y esta afrenta me hubieran sido hechos por enemigos o por idólatras que jamás tuvieron la felicidad de conocerme, o hasta por herejes nacidos en el error, esto me habría sido menos sensible; pero ustedes, nos dice, a los que coloqué en el seno de mi Iglesia, ustedes a los que enriquecí de mis dones más preciosos; ¡ustedes por el Bautismo, se habían hecho mis hijos, los herederos de mi reino!… ¡Que! mis hijos, ciertamente usted se atreven a ultrajarme con el sacrilegio más horrible; ¡qué! mis hijos, ustedes todavía pueden golpear el corazón del mejor de todos los padres, que les quiso hasta la muerte. ¡Eh qué! ¡Ingratos, ustedes todavía no están satisfechos con todas las crueldades que se ejercieron sobre mi cuerpo inocente durante mi pasión dolorosa! ¿Olvidaron el estado lamentable al que fui reducido después de mi flagelación dolorosa y sangrienta, donde mi cuerpo fue semejante a un pedazo de carne cortada? ¡Eh qué! Ingratos, ustedes olvidaron los sufrimientos que sentí llevando mi cruz; ¿tantos pasos, tantas caídas, y tanta vez levantado a patadas? ¿Olvidaron que era para arrancarles del infierno y abrirles el cielo que morí sobre el madero infame de la cruz? ¡Ah! mi hijos, ¿todavía no están conmovidos? ¿Podía llevar más lejos mi amor por ti? Paren, mis hijos. ¡Ah! por favor, perdona la vida a tu Dios que te quiso tanto; ¿por qué  quieres darme una segunda vez la muerte, recibiéndome con pecado en tu corazón?
Dígame, ¿quién de nosotros  tendría el coraje, después de reproches tan tiernos y enamorado de su Dios, que todavía podría tener la rabia de ir a presentarse a la Mesa santa con una conciencia manchada por pecados? ¡Mi Dios, que puede entender la ceguera de esos desgraciados! ¡Ah! Si todavía, antes de levantarse para ir a matar a su Dios, pensaban en estas palabras terribles de san Pablo, que van a incorporar su juicio y su condena (1 Cor 11, 29), se atreverían a llevar bien su audacia hasta tal exceso? ¿Este Dios de amor habría podido pensar, no digo de los que no tienen la felicidad de conocerlo, sino que cristianos todavía no están satisfechos por lo que los judíos le hicieron aguantar durante su pasión dolorosa? ¿En el Calvario, habría pensado que el mayor número de los cristianos se haría su verdugo, atentaría hasta sus días, y lo crucificaría en su corazón recibiéndole en su conciencia manchada por pecados? Escuche lo que nos dice por la boca de un profeta: ¿Curará un alma que le gustan sus heridas, es decir sus pasiones? ¿Inflamará del ardor de su amor un corazón que arde del amor profano del mundo? No, no, dice, con todo lo Dios que sea, jamás lo hará.
Sí, hijos míos, Jesucristo, en un corazón criminal, está sin acción y sin movimiento, de modo que el que es bastante desgraciado de comulgar indignamente, la muerte espiritual que le da a su Dios es todavía más sorprendente que la que aguantó sobre la Cruz. En efecto, hijos míos, si los Judíos lo persiguieron de manera tan indigna, fue por lo menos sólo durante su vida mortal, pero el indigno comulgando lo ultraja en la estancia de su gloria. Si la muerte de Jesucristo sobre el Calvario pareció tan violenta y tan dolorosa, por lo menos la naturaleza entera parecía expresar su dolor, y las criaturas más insensibles aparecieron ablandarse y parecían en esto querer compartir sus sufrimientos. Pero aquí, nada de todo eso aparece, es insultado, es ultrajado, magullado; ¡oh! ¿Qué digo? Es degollado por una nada vil; todo está en el silencio y todo parece insensible a sus sufrimientos. El sol no se eclipsa en absoluto, la tierra no tiembla, el altar no se vuelca; ¿este Dios de bondad tan indignamente ultrajado no puede quejarse a título más justo que sobre el madero de la Cruz en el que está abandonado? no debería exclamar: “¡Ah! Mi Padre, ¿por qué me abandonó al furor de mis enemigos, hace falta que muera a cada instante?” Pero, mi Dios, ¿cómo un cristiano puede tener el coraje de ir a la Mesa santa con pecado en el corazón para darle muerte a su Dios?… ¡Mi Dios, qué desgracia! No, no, el infierno en su furor jamás  pudo inventarle nada más ultrajante a Jesucristo que el sacrilegio cometido por los cristianos.
Pero, me dirán, ¿quiénes son pues los que tienen esta gran desgracia? – ¡Ay!, hijos míos, ¡que el número de ellos es grande! – Pero, me dirán, ¿quién podría pues ser capaz de eso? – ¿quién podría ser capaz de eso? Es usted, mi amigo, usted confesó sus pecados con tan poco dolor como una historia indiferente. ¿Quién es culpable? Mi amigo usted sabe que después de sus confesiones vuelve a caer con la misma facilidad; que no se percibe ningún cambio en su manera de vivir; ¿tiene siempre los mismos pecados que hay que decir en todas sus confesiones? ¿Quién es el culpable? Es usted, miserable, usted cerró la boca antes de haber confesado sus pecados. ¿Quién es el culpable? Es usted, pobres ciegos, usted ha comprendido bien que no decía sus pecados como los conoce. Dígame, ¿por qué en este estado se atreve a ir a la Mesa santa? – Es, díganlo, porque quiero hacer mi Pascua, quiero comulgar. – Usted quiere comulgar: pero, infeliz, ¿dónde quiere poner a su Dios? ¿Es en sus ojos, que usted manchó con tantas miradas impuras y adúlteras? Usted quiere comulgar: ¿pero dónde pondrá pues a su Dios? ¿Es en sus manos, que usted manchó con tantos toques infames? Usted quiere comulgar: ¿pero dónde va a poner a su Dios? ¿Es en su boca y sobre su lengua? ¡ Eh! Gran Dios, ¡una boca y una lengua que usted profanó tantas veces con besos impuros! Usted quiere comulgar: ¿pero dónde espera pues colocar a su Dios? ¿Es en su corazón? ¡Oh horror! ¡Oh abominación! Un corazón que es oscurecido y ennegrecido por el crimen, semejante a un tizón, que desde hace quince días o tres semanas rueda en el fuego. Usted quiere comulgar, mi amigo; ¿quiere hacer su Pascua? Vamos, levántate, avanza, infeliz; cuando Judas, el infame Judas, hubo vendido a su divino Maestro, fue como un desesperado, tanto que no aceptó la entrega a los verdugos para hacerlo condenar a muerte. Adelante, infeliz, levántate, acabas de vendérselo al demonio, al tribunal de la penitencia, escondiendo y disfrazando tus pecados, marcha, desgraciado, entregarle al demonio. ¡Ah! gran Dios, ¿tus nervios podrán sostener bien este cuerpo que va a cometer el más grande de todos los crímenes? Levántese, infeliz, avance, ya que el Calvario está en su corazón, y la víctima esta delante de usted, marche siempre, deje gritar su conciencia, trate solamente de sofocar los remordimientos tanto como usted pueda. Vaya, desgraciado, siéntese a la Mesa santa, va a comer el pan de los ángeles; pero, antes de abrir tu boca manchada por tantos crímenes, escucha lo que va a decirte el gran santo Cipriano, y verás la recompensa de tus sacrilegios. Una mujer, nos dice, que se atrevió a presentarse a la Mesa santa con una conciencia manchada por pecados, en el momento cuando le daba la comunión santa, un golpe de rayo del cielo  le cayó encima y le fulminó a mis pies. ¡Ay! mi Dios, ¿cómo puede una persona que es culpable ir a la comunión santa para cometer el más grande todos los sacrilegios? Sí, hijos míos, san Pablo nos dice que si los Judíos hubieran conocido a Jesucristo por el Salvador, jamás le habrían hecho sufrir, ni morir (1 Cor 2, 8); pero usted, mi amigo, ¿puede ignorar al que va a recibir? Si usted no pensaba en eso, escuche al sacerdote que le grita en voz alta: “he aquí el Cordero de Dios, he aquí Aquel quien borra los pecados del mundo.” Es santo, es puro. Si usted es culpable, infeliz, no avance: sino, tiemble que los rayos del cielo vienen para precipitarse en su cabeza criminal para castigarle y echar su alma en el infierno.
1.     – No, no, hijos míos, no hablo aquí de los dolores temporales que los sacrilegios atraen en el mundo; voy a pasar en silencio los castigos espantosos que los Judíos probaron después de haber matado a Jesucristo. La sola historia hace estremecerse: se degollaban unos a otros; las calles fueron cubiertas de cadáveres, la sangre fluía por las calles como el agua de un río; el hambre fue tan grande que las madres llegaron hasta comer a sus niños.
San Juan Damasceno nos dice que el sacrilegio es un crimen tan espantoso, que un solo sacrilegio es capaz de atraer todo tipo de desgracias en el mundo; nos dice que es principalmente sobre los profanadores que Jesucristo verterá durante toda la eternidad la hiel de su furor. Aquí está un ejemplo que va a mostrarles el estado de un profanador a la hora de la muerte. Se dice que un pobre desgraciado que había hecho comuniones sacrílegas durante su vida, vio a un demonio que se le acercó diciéndole: porque comulgaste indignamente durante tu vida, recibirás hoy la comunión de mi mano; este pobre desgraciado exclamó: ¡Ay! la venganza de Dios está sobre mí, y murió en la desesperación pronunciando estas palabras. Sí, hijos míos, si pudiéramos formarnos una idea de la magnitud del sacrilegio, moriríamos más bien mil veces que cometerlo. En efecto, un cristiano que es tan desgraciado de comulgar indignamente, es culpable del más detestable de todos los sacrilegios, de la más negra de todas las ingratitudes; digamos mejor, envenena su corazón, mata su alma, le abre la puerta de su corazón al demonio, y voluntariamente se hace su esclavo. Sí, hijos míos, el horror de su sacrilegio viene de lo que profana, no un lugar o un vaso santo, sino un cuerpo que es la fuente de toda santidad, que es el de Jesucristo. La enormidad de su ingratitud resulta en que ultraja a su bienhechor por el más señalado de sus beneficios; y mucho más, se sirve de mismo para ultrajarlo. La comunión sacrílega es semejante a una espada muy aguda que hunde en sus entrañas, lo envenena como Judas fue envenenado por la suya, le da al demonio pleno poder de apresarlo después de haber recibido la comunión, por consiguiente no debería, hijos míos, atreverse a hacerlo así. Le sería preferible nunca comulgar indignamente ya que no aporta provecho, ni placer, ni honor; pero causa el daño más grande, de muy crueles remordimientos de conciencia y una infamia eterna. San Cipriano dice que una mujer, saliendo de comulgar indignamente, fue apresada por el demonio que le atormentó tan horriblemente, que ella misma fue su verdugo; después de haberse cortado la lengua, murió…
Oh mi Dios,  un cristiano puede tener bien el coraje de ir a la Mesa santa teniendo pecados ocultos, o unos pecados de los cuales  no quiere corregirse, o si usted quiere, ¿los que a pesar de tantas comuniones pasadas no cambia de vida?  Mi Dios, ¡que el hombre es ciego! ¡Ay! Esto será sólo en el día del juicio que veremos todas estas abominaciones. Escuchen a san Pablo, hablando a los Corintios (1 Cor 2, 8):  “ustedes se presentan, les decía, a la mesa del Señor, con tan poco respeto y religión como si ustedes se presentaran a una mesa profana; ustedes van a comer el pan de los ángeles con tan poca decencia como si ustedes comieran pan material; ¿pueden asombrarse si ustedes son agobiados por tantos dolores? ” ¡Ay! Hijos míos, reconozcamos llorando sinceramente, que si somos agobiados por tantas desgracias y tantos castigos, son sólo los sacrilegios que son la fuente verdadera. ¡Que de guerras, que de hambrunas, que de enfermedades y de muertes súbitas! Insensatos, quienes atribuyen todo esto al azar, abran los ojos, y ustedes reconocerán que son sólo sus sacrilegios. Sí, hijos míos, si pudiera describirles todas las consecuencias de un sacrilegio, ni uno de ustedes se atrevería a comulgar. Es narrado por san Godofredo, que era obispo de Amiens, que les había prohibido a todos los sacerdotes dar la absolución durante las fiestas de Pascua a todos los que habían comido carne durante la cuaresma. Un libertino, que era culpable de este delito, es decir que había comido carne, tomó el vestido de una mujer con el fin de engañar a su confesor. Este artificio le resulta, pero para su desgracia: porque él no hubiera recibido el cuerpo de Jesucristo, una fuerza invisible lo derribó, comenzó a espumar como una persona rabiosa, revolviéndose por tierra y murió en su furor. No, no, hijos míos, cualesquiera que sean los espantos que las comuniones indignas puedan poner en el corazón del hombre por los castigos espantosos que nos atraen, todavía no es nada si se los comparamos a aquellos a los que Jesucristo ejerce sobre las almas; y estos castigos son ordinariamente el endurecimiento durante la vida y la desesperación a la hora de la muerte. El buen Dios, en castigo de sus abominaciones, abandona a este desgraciado a su ceguera; el demonio que le engañó durante su vida, le deja percibir sólo en el momento cuando prevé que el buen Dios lo abandona; va de crimen en crimen, de sacrilegio en sacrilegio, acaba por no pensar más en eso, se traga la iniquidad como el agua; por fin, a pesar de todo el tiempo y los socorros, muere en el sacrilegio como vivió. Aquí está un ejemplo muy sorprendente, narrado por un judío que se enteró de un sacerdote al que esto había ocurrido. El Padre Lejeune , cuando estaba en una misión cerca de Bruselas, narra un relato que nos dice tener de la boca del que fue testigo. Nos dice que había cerca de una ciudad de Bruselas, una pobre mujer devota que, con los ojos del mundo, cumplía perfectamente bien sus deberes de religión. La gente la consideraba como una santa; pero la pobre desgraciada escondía siempre un pecado vergonzoso que había cometido en su juventud. Después de agravarse por la enfermedad de la que murió, estaba como desvanecida por un momento, y habiendo recobrado el conocimiento, llama a su hermana que la servía, diciéndole: “Mi hermana, soy condenada. “Esta pobre chica se acercó a su cama y le dice: “mi hermana, usted sueña, despiértese y encomiéndese al buen Dios.” – “Yo no sueño en absoluto, le dice, sé bien lo que digo; acabo de ver el sitio que me es preparado en el infierno. “Su hermana corre prontamente para buscar al señor cura. Él no estaba allí, su hermano, que era su vicario, vino rápidamente a su casa para ver a la pobre enferma; y es a partir de él, nos dice el Padre Lejeune, que me enteré sobre los detalles, haciendo una misión. Acompañándonos, nos mostró la casa donde estaba esta pobre mujer; a todos nos hizo llorar contándonos los detalles. Nos dice que habiendo entrado en la casa, se acercó a la enferma: “¡pues bien! mi estimada, pues qué vió que le pareció tan horroroso? ” – “Señor, le respondió, estoy condenada; acabo de ver el sitio que me es preparado en el infierno, porque en otro tiempo, había cometido tal pecado.” Ella lo reconoció delante de todos los que estaban en la habitación. “¡Eh! mi estimada, dígamelo en confesión, y le absolveré de eso.”  –  “Señor, le dice, estoy condenada.” – “Pero, le dice el sacerdote, usted todavía vive y está en el camino de la salvación; si usted quiere, le daré un carta firmada con mi sangre por la cual me obligaré, alma por alma, a ser condenado por usted en caso de que usted lo fuera, si usted le quiere pedir perdón a Dios y confesarse.” –  El sacerdote estuvo tres días y tres noches en llanto cerca de esta enferma, sin poder convencerle de hacer solamente un acto de contrición ni confesarle; al contrario, un momento antes de morir, renegó del buen Dios, renunció a su bautismo y se le consagró al demonio. Oh mi Dios, ¡que desgracia! Esto les asombra, sin duda, que muera así, pudiendo reparar tan bien el dolor que había hecho; para mí, esto no me asombra, porque el sacrilegio  es el más grande de los crímenes, bien se merece estar abandonado por el buen Dios y de no saber aprovechar ni el tiempo, ni las gracias.
Sí, hijos míos, el sacrilegio parece tan horrible que parece imposible que los cristianos puedan ser culpables de tal crimen; y sin embargo, nada tan común. Echemos una ojeada sobre las comuniones, ¡cuánto no nos encontramos de confesiones y de comuniones hechas por respeto humano! ¡Cuánto por hipocresía, por costumbre! ¡cuánto que, si la Pascua ocurriera sólo cada treinta años, así comulgarían, ¡ay! Jamás… Cuántos otros, los que no ven venir este tiempo tan precioso con penalidades, y los que se acercan a eso sólo porque otros lo hacen, y no para agradar a Dios y alimentar su pobre alma. Prueba muy evidente, hijos míos, que estas confesiones y comuniones no valen nada, ya que no se ve en absoluto cambio en su manera de vivir. ¿Los vemos después de la confesión más dulces, más pacientes en sus penas y las contradicciones de la vida, más caritativas, más transportadas a esconder y a excusar las faltas de sus hermanos? No, no, hijos míos, no es más cuestión de cambio en su conducta; ellos han pecado hasta ahora, continúan. ¡Oh! Desgracia espantosa, ¡pero bien poco conocida por la mayoría de de los cristianos! Oh mi Dios, habrías pensado que tus hijos llevaran  tal exceso de furor contra tí? No, no, hijos míos, esto no es sin razón, que se coloca un crucifijo sobre la mesa de la comunión, ¡ay! ¡Qué de veces es crucificado en la Mesa santa! Míralo bien, mi alma, tú que te atreves a plantar el puñal en este corazón que nos ama más que a sí mismo; míralo bien, es tu Juez, El que debe fijar tu morada para la eternidad. Sondee bien su conciencia; si usted está en mal estado, desgraciado, no avance. Sí, Jesucristo es resucitado de la muerte natural, y no morirá más; pero esta muerte que usted le da con sus comuniones indignas, ¡ah! ¿Cuándo acabará? ¡Oh qué larga agonía! estando sobre la tierra, había sólo un calvario para crucificarlo; pero aquí, ¡tantos corazones, tantas cruces donde es atado! ¡Oh paciencia de mi Dios, que eres grande, de sufrir tantas crueldades sin decir una sola palabra, hasta para quejarte, siendo tratado tan indignamente por una criatura vil, por la cual sufrió ya tanto! ¿Quieren, hijos míos, saber que hace el que comulga indignamente? escúchenlo bien, con el fin de que ustedes puedan comprender la grandeza de su atrocidad hacia Jesucristo. Que dirían, hijos míos, de un hombre cuyo padre fue conducido a un lugar para ser ejecutado a muerte, si no se encuentra allí palo de horca para amarrarlo, se dirija a los verdugos, diciéndoles: Ustedes no tienen palo de horca, he aquí mis brazos, ¿les sirve para colgar de ahí a mi padre? Ustedes no podrían ver tal acción de barbarie sin estremecerse de horror, habría sin duda mucho con qué. ¡Pues bien! hijos míos, si me atreviera, les diría que esto todavía no es nada, si lo comparamos con el crimen espantoso que comete el que comulga indignamente. En efecto, cuáles son los beneficios que un padre hace a su hijo, si los comparamos con lo que Jesucristo hizo por nosotros? Díganme, hijos míos, si ustedes hacen estas reflexiones antes de presentarse a la Mesa santa,  tendrían el coraje de ir allá sin examinar bien lo que van a hacer. ¿Se atreverían a ir bien allá con pecados ocultos y disfrazados, confesados sin contrición y sin deseo de dejarlos?. Aquí esta lo que ustedes dicen al demonio, cuando ustedes son tan ciegos y tan temerarios : no hay cruz, ni calvario como en otro tiempo; pero encontré algo que puede suplirlo. – ¿Qué? les dice el demonio, totalmente asombrado de tal propuesta. – Es, díganle, mi corazón. Estén preparados, voy a aferrarme de él; Él les precipitó a los infiernos, vénganse a su gusto, degüéllenlo sobre esta cruz. – Oh mi Dios, ¿podemos pensar en esto sin estremecerse de horror? Sin embargo, es lo que hace el que comulga indignamente. ¡Ah! no, no, el infierno en todo su furor jamás pudo inventar nada semejante. No, no, si hubiera mil infiernos para un solo profanador, esto no sería nada, si lo comparamos con la grandeza de su crimen.” ¿Que hace, nos dice san Pablo, el que comulga indignamente? ¡Ay! este desgraciado, bebe y come a su juez y su juicio.” Estaba bien visto, según las leyes, leerles bien a los criminales su condena, pero ¿alguien alguna vez ha visto hacerles comer su sentencia de condena, y de esta manera, de su condenación y de ellos mismos hacer sólo la misma cosa? ¡Oh desgracia espantosa! no está escrito en el papel el juicio de condena de los profanadores, sino en su propio corazón. A la hora de la muerte, Jesucristo descenderá, con una antorcha en la mano, en estos corazones sacrílegos, encontrará allí su sangre adorable tantas veces profanada, que exigirá venganza. Oh divino Salvador, ¿la ira y el poder de su Padre será lo bastante poderosa para fulminar a estos infelices Judas en lo más hondo de los abismos? ¡Pues bien! Hijos míos, ¿entendieron lo que es una comunión indigna, esa que confiesan con tan poca preparación, dan allí menos cuidados que los que darían para el asunto más común y más indiferente? Díganme, hijos míos, para estar tranquilos como ustedes lo parecen, ¿están muy seguros que todas sus confesiones y sus comuniones han sido acompañadas por todas las disposiciones necesarias para ser buenas y hacer segura su salvación? ¿Detestaron bien sus pecados? ¿Los lloraron bien? ¿Hicieron penitencia bien? ¿Tomaron bien todos los medios que el buen Dios les inspiró para no recaer más? Vuelva, mi amigo, sobre sus años pasados, examine todas las confesiones y las comuniones que no han sido acompañadas por ninguna enmienda, punto de cambio en su vida. Tome la antorcha en la mano, usted mismo, para ver el estado de su alma, antes de que Jesucristo mismo se lo muestre para juzgarle y condenarle para siempre. Estremézcanse, hijos míos, sobre esta gran incertidumbre de la validez de tantas confesiones y comuniones; una sola cosa debe impedirle caer en la desesperación, es que usted vive y que el buen Dios le ofrece su gracia para salir de este abismo cuya profundidad es infinita, y que para esto no hace falta nada menos que el poder de Dios. ¡Ay! hijos míos, ¡qué de cristianos que ahora arden en los infiernos, que oyeron las mismas cosas que ustedes hoy entienden, pero que no quisieron sacar provecho de eso, aunque su conciencia gritaba! ¡Pero, ¡Ay! quisieron salir de eso cuando no pudieron, y cayeron en los infiernos. ¡Ay! ¡Cuántos entre aquellos que me escuchan que están en este número, que tendrán la misma suerte! Mi Dios, es muy posible conocer su estado y no querer salir de eso. – Pero, me dirán, quién se atreverá pues a acercarse a la Mesa santa, y que se atreva a esperar haber hecho una buena comunión en su vida? ¿ Podremos levantarnos bien para ir a la Mesa santa, no va a parecer que una mano invisible va a rechazarme y a golpearme de muerte? Mi amigo, para esto no le digo nada; sondee su conciencia, y vea en cual estado está; vea si saliendo de la Mesa santa usted aparecería con confianza delante del tribunal de Jesucristo. Pero, me dirán, vale más dejar todo que de exponerse a un tal crimen.- Mi amigo, consagrándosele una idea del tamaño del sacrilegio, esto no fue mi intención de alejarle de la comunión santa, sino solamente de hacer abrir los ojos a los que están en este número, para reparar el dolor que hicieron, mientras  es tiempo, y para llevar a los que tienen la esperanza de estar exentos  de este crimen espantoso, a aportar  todavía disposiciones más perfectas.
¿Qué debemos concluir, hijos míos, de todo esto? Aquí está: es hacer nuestras confesiones y nuestras comuniones como nos gustaría hacerlas a la hora de la muerte, cuando apareceremos delante del tribunal de Jesucristo, con el fin de que, haciéndolo bien siempre, tengamos el cielo como recompensa. Esto es lo que les deseo.
+Santo Cura de Ars


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jueves, 14 de abril de 2016

Kobe Bryant, el retiro de un grande salvado por la fe y la familia



Este miércoles 13 de abril será recordado por muchos como el #Mambaday, la fecha del retiro de uno de los más grandes atletas de los últimos 20 años: Kobe Bryant.
Seguramente el deportivo será el principal aspecto por el cual es reconocido mundialmente, pero pocos conocen el papel que jugaron en su vida su familia y la fe para ayudarlo a sobrevivir a uno de sus momentos más duros.
Tenía 25 años y ya era uno de los indiscutidos mejores atletas del mundo. Con la NBA a sus pies cometió un error que le costaría muy caro. Engañó a su esposa con una joven, según confesó después, y la joven le hizo juicio por abuso deshonesto.
Bryant perdió auspicios, y parecía encaminarse a ser una más de las polémicas estrellas del deporte con vidas desordenadas. Pero un diálogo con un sacerdote fue decisivo para reencaminar su vida.
Como reconoció en una entrevista en 2015, lo que realmente le ayudó en ese momento de desconcierto fue hablar con un sacerdote. “Me miró y me dijo: ‘¿Lo hiciste?’ (por los abusos). Y le dije: ‘Claro que no’. Entonces me preguntó: ‘¿Tienes un buen abogado?’.  Y yo le dije: ‘Sí, es un fenómeno’. Entonces simplemente me dijo: ‘Déjalo pasar. Andá para adelante. Dios no te va a dar nada que no puedas manejar, y está todo en sus manos ahora. Esto es algo que no podés controlar. Así que déjalo pasar’. Y fue el momento de quiebre”.
Bryant se disculpó en público por lo acontecido, en una conferencia de prensa en la que su esposa no dejó de estrecharle la mano en todo momento y de acariciarlo mientras su marido confesaba lo avergonzado que estaba ante las cámaras por la traición y por lo que había hecho con su familia.
Católico, casado con Vanesa, también católica, la fe fue fundamental para poder reencauzar su vida tras esa crisis en 2003. Vanesa lo perdonó y Kobe no volvió a verse envuelta en escándalos como ese que casi le cuesta su familia.
Vanesa y Kobe tienen dos hijas, Natalia nacida en 2003 y Gianna en 2006. En 2005, perdieron un embarazo.
El nacimiento de las niñas ayudó a encontrar nuevamente el perdón y a cicatrizar otra herida abierta en la vida de Kobe: la relación con sus padres, con quienes no tenía diálogo desde la boda con Vanesa, a la que se opusieron por su joven edad.
Aunque no exentos de otras crisis matrimoniales que trascendieron a la opinión pública, el matrimonio Bryant creó una fundación dedicada a mejorar la vida de jóvenes y familias necesitadas.
Desarrollando programas y proveyendo fuentes de financiación, la fundación de la Familia Kobe y Vanessa Bryant busca fortalecer comunidades a través de apoyo educativo y enriquecimiento cultural.
Con foco en los sin techo, entre los programas que apoyan está el equipo de fútbol MambaFC, en el que los Bryant buscan formar atletas que tengan independencia de pensamiento, que trabajen juntos concentrados en las metas comunes en entornos saludables.
“Mamba” es un apodo que el mismo Kobe Bryant se impuso tras su crisis de 2003, y tras ver la película Kill Bill, en el que vio en la serpiente Mamba las características de su juego: escurridizo y venenoso.
5 veces campeón de la NBA, 2 veces campeón olímpico, 18 veces miembro del equipo All Star, tercer máximo anotador de la historia de la NBA, entre otros méritos deportivos, en la cronología NBA Bryant quedará como el más destacado eslabón entre la era Jordan y la era Curry, que acaba de iniciarse.
Nombres como O’Neal y Gasol han ido acompañándolo durante este tiempo en Los Ángeles Lakers, pero su casaca quedará tan ligada a la franquicia como en su momento quedó la de Magic Johnson. Su nombre ya es leyenda en la NBA.
Este 13 de abril que la firma Nike propuse sea el #Mambaday en honor a su último encuentro como profesional de la NBA invita a recordar la exitosa carrera de Kobe Bryant.
Se retira con una sonrisa en la cara, ya como una de las voces más sabias del juego, animándose incluso a aseverar que se forma mejores basquetbolistas en Europa que en Estados Unidos.

Pero es una invitación también a contemplar la familia detrás del hombre que acapara los flashes. Familia en la que se juega un partido más importante aún, en la que la fe y el perdón, como pilares del amor, parecen haber sido las claves de la victoria.


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miércoles, 6 de abril de 2016

Apasionante experiencia en un Seminario Santo.


Hace años mi director espiritual me aconsejó probar una temporada en el Seminario para discernir si el Señor me llamaba a la vida religiosa. Tras la prueba, los Superiores me aseguraron que no era esa la voluntad de Dios y lo acepté con paz y conformidad. Además fue una experiencia maravillosa que marcó mi vida y quiero compartir con ustedes.

Un día inesperado el beneplácito divino, murmullo de suave brisa, susurró un mensaje diáfano. Reverberó en la roca del Sinaí una voz penetrante y amorosa, proveniente de la eternidad. En la esfera terrenal lo revelaba el sereno timbre de voz del Superior, que con suma clemencia y solemne sosiego clausuró mi ciclo de prueba como religioso. Ratificó con convicción los patentes renglones de la voluntad de Dios sobre mí. Afirmó, para confortarme en el desconsuelo, que mi noble actitud en la tentativa no era acreedora de la más leve amonestación.
Fue un período muy bendecido, pero de sabor agridulce, a la sazón regocijado en el lumínico palacio interior, pero también confinado en las tétricas ergástulas de la noche oscura. Para condensar el jugo de estas vivencias, a modo de gota en el océano, voy a relatar, como transcurría una jornada en el Seminario en los días dichosos del primer amor.
Tras la conversión varios sacerdotes timonearon la hermosa galera de mi vida espiritual, con el rostro de Cristo por bandera. Llegó la tormenta y fui herido por el rayo de la gracia. Dejé que el Señor quemase el fastuoso navío de mi seguridad y me llamó a la orilla pronunciando mi nombre. Las cenizas de mi yo fueron arrojadas al mar, como ofrenda expiatoria del que moría al mundo. Arranqué de cuajo, sin anestesia, las raíces de mi querida Zaragoza, familia y amigos. Todo mi mundo fue sepultado en la fosa del pasado. Partí en dirección a Trujillo, Extremadura.
Me sobrecogió la incomparable perspectiva nocturna de la pulcrísima Turgalium romana. Villa de abolengo, pintoresca, pingorotuda y altiva sobre la planicie. Allí sobreviven a la historia y a la tristeza iglesias sobrias, parcos baluartes y palacetes sin alardes, aglutinados en un portentoso conjunto monumental, coronado por la cámara de la Reina, la Plaza Mayor, renacentista, grandiosa, amparada por preciosos pórticos. En su centro emerge la estatua ecuestre de Francisco Pizarro. Nos predica conquistas y heroísmos audaces, como el que iba a emprender.
Despidiendo con respeto y cortesía esta cita con la histórica me adentré en la escuálida estrada, último reducto que unía la civilización con el Seminario, desierto de soledades místicas. La modesta carretera secundaria entre Trujillo y Monroy serpentea venenosa entre los latifundios solitarios, con rasantes toboganes traicioneros, por los despoblados parajes extremeños, un océano monótono de perpetuas encinas, el finis terrae de la melancolía.
Tras consumir media hora de inquietante trayecto un raquítico letrero gobernó el desvío. Y allí irrumpe un precario vallado que da el parabién a una de las mayores fincas de Extremadura. No se podía abarcar con una panorámica de ojo mortal. Incluso un río considerable atravesaba la hacienda. Y dentro de este imponente cortijo de los mimbrales, a modo de palomar teresiano, se hallaba el Seminario, sementera de núbiles menestrales para la abundante mies del Reino.
Recuerdo como hoy la primera impresión cuando rebasé la arcaica recepción. La oscuridad y el silencio amordazaban la noche con sus fauces abiertas. Y en medio del ejido insociable, en el centro de la austera alquería, destellaba el voltaje de la capilla. Solemnemente expuesto el Santísimo Sacramento latía en la noche. Varios seminaristas jóvenes ayunos, enjutos de penitencia, con sotanas de azabache, permanecían hieráticos y extáticos, majestuosos, como querubines ante tan abrasadora presencia.
Entré en la capilla sigilosamente sin provocar el menor ruido y me arrodillé con decoro ante el Rey de esta humilde morada y del Universo. Una breve visita de rigor y encaminé mis pasos en dirección al aposento, pues avanzaban las tinieblas de la noche. El Padre Superior, cual dócil lacayo, portaba gentilmente mi maleta. Antes de despedirse paralizó con firmeza su mirada y disparó a quemarropa una pregunta tan sencilla como profunda: ¿Viene usted a ser santo?
Asentí y sonreí ante la escrutadora penumbra del candil. Fascinado y encandilado acuné la noche bajo estos elevados pensamientos durmiendo a ras de suelo húmedo. La celda, otrora cuadra de caballerizas, se pavoneaba de austeridad. Cuatro paredes harapientas, mal vestidas de pobre cal descorchada, un desgastado y avejentado colchón, un armario raído y menesteroso, una infortunada mesita, pobre de solemnidad, sobre un cemento andrajoso, paupérrimo. Y presidiendo todo mi mundo un crucifijo de madera tan modesto como interpelante.
LOS CAPITANES DE VIRIATO
Me costó un imperio levantarme a las seis, hora intempestiva, extemporánea, antinatural, que combatía arduamente en las trincheras de una vida burguesa. Quise hacerlo para seguir el ritmo de los gladiadores de la oración, los seminaristas. Estos aguerridos Capitanes de Viriato, serían meses más tarde hermanos en religión.
Amanecía en Extremadura, un círculo flamígero gigantesco desperezaba la campiña extremeña y otorgaba tímidas rúbricas de calor al relente nocturno. Algunas avecillas insomnes sobrevolaban tiritando entre los sotos belloteros. Un estridente concierto de grillos desvelados en la lejanía y poco más. Busqué la capilla con santa codicia. Me sentía radiante.
Tres horas de oración ante el Santísimo. Rezo de Laudes comunitarios seguidos de meditación y lectura espiritual. Tenía en mi pupitre enfilados grandes clásicos de la espiritualidad jesuita y un libro de Santa Bernardita. Un universo espiritual apasionante, aislando por completo todo vestigio mundano. Santos manuales de ascética que tabicaban dos mundos, separando dos realidades, tapiando un muro infranqueable.
Después la reposición de fuerzas, el desayuno sencillo y compacto, orquestado por una deliciosa lectura espiritual. Desfilaron la gravedad inconfundible del Kempis, documentos eclesiásticos y la apasionante historia de dos mil años de Iglesia, narrada magistralmente por los jesuitas. Seguían quince minutos raquíticos de limpieza dentífrica y enfundarse a la carrera el mono de trabajo para los menesteres de limpieza. Zafarrancho de combate. Unos al fogón cálido, otros a los escusados repelentes y al resto de dependencias conventuales. En el Seminario aprendes a amar la pobreza y los trabajos serviles.
Después resucitamos el latín y el griego, la oratoria, la preceptiva literaria clásica…. Había un gran interés de los noveles seminaristas por las lenguas muertas, más vivas que nunca. Y mucho más por la filosofía clásica, siendo la teología la asignatura príncipe.
Una mañana intensa de sucesión trepidante de clases y cocción de estudio en disciplina pretoriana sin tregua a la molicie. Como premio el momento especial del Rosario comunitario. Era a las cuatro de la tarde y todavía en pie de guerra sin regalar nada sólido al cuerpo. Aunque merecía la pena ese esfuerzo corporal que aligeraba de mente y el corazón y les daba alas. El Santo Rosario se empezaba en la capilla y se podía continuar en ella o bien salir a rezarlo paseando por la bucólica finca. Un servidor elegía esta segunda opción para darle al rezo mariano un toque contemplativo con la creación, un maridaje muy especial.
La finca era rústica, bien parecida en cualquier época del año. Uno se perdía en el laberinto campestre de miles de pequeños caminitos, alfombrados de verde en épocas húmedas y laminados de oro en las secas y se adentraba en los misterios del Rosario y su Misterio. Sentía en cada paso el aliento de la Madre.
Y por fin una apetitosa campana anunciaba la comida. Una pitanza sobria, recia, contundente, castrense. Dieta simple y comida tradicional humeante, sin más adobo que el fruto licuado del olivo. Todo ello era aderezado por una lectura espiritual apasionante, la Biblia comentada de Straubinger, perenne Magisterio de la Iglesia, meditaciones escogidas, hagiografía selecta y en radical contraste noticias de actualidad sobre el caos de nuestro mundo. Como colofón el venerable martirologio, salpicado de sangre, simiente egregia de nuevos cristianos.
Después volaba el tiempo de la convivencia, el único en que podíamos hablar distendidamente con los hermanos. Íbamos en ternas. Unos al fregadero. Los más afortunados tenían la suerte de pasear por la finca. Siempre conversaciones alegres, fluidas y edificantes. O se hable de Dios o no se hable. Racionamientos lógicos, lenguaje escolástico, hilando fino, todo milimétricamente medido. Momentos de gran felicidad estar los hermanos unidos bajo la gigante sombra de un gran ideal, con un vínculo superior al de la sangre y la alcurnia.
Después aseo para prepararse con respeto para la Santa Misa, epicentro del día. Una Misa pausada con calma, devota y una espaciosa acción de gracias. La razón de ser del seminarista, la identificación con ese Cristo glorioso que baja del cielo al altar en un encuentro amoroso.
Posteriormente una hora de estudio, evaporada raudamente y  a la capilla para coronar el día con las completas. Tras la oración nocturna y sus sugerentes himnos que se adentraban en el misterio de la noche se presentaba fatigado el tiempo de descanso. Algunos hermanos aún se inmolaban un poquito más ayudando en la cocina, leyendo o adorando en la capilla. Otros se ofrecían incluso para hacer servicios manuales a los hermanos, como el forrado de libros por ejemplo. Se vivía un gran desprendimiento fraternal y un olvido radical de lo propio.
Y a las once me  acostaba rendido, exhausto, pero con la felicidad rebosante en la alcuza de la conciencia, con el regusto del deber cumplido para que la Virgen velase nuestro casto sueño y reparase las fuerzas del guerrero. Añoro los días cautivadores del Seminario donde creía volar en las cumbres de la santidad. Ahora con los pies en el suelo acepto mi pequeñez, pero sigo teniendo por objeto de mi vida el mismo Amor. Hágase tu voluntad, loado mi Señor. 

Javier Navascués



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martes, 29 de marzo de 2016

Carta de San Jerónimo a los estúpidos como tú.





"En aquel exilio y prisión a los que, por temor al infierno, yo me condené voluntariamente, sin más compañía que la de los escorpiones y las bestias salvajes..."

+ San Jerónimo. 



Yo no te tiraría un peñasco, te tiraría cuatro o más.

Tú te has condenado por quitarle la vida a una personita indefensa. ¡¡¡Cruel, asesino infame!!! Tú sí tienes el demonio dentro.




miércoles, 23 de marzo de 2016

El velo, un honor para la mujer

El velo es un símbolo tan relevante como la sotana del sacerdote y el hábito de la religiosa.
El velo es, también, un signo de modestia y castidad. En los tiempos del Antiguo Testamento, descubrir la cabeza de una mujer era visto como una forma de humillarla, o de castigar a las mujeres adúlteras y a las que transgredían la Ley (por ej. Núm. 5, 12-18; Is. 3, 16-17; Cantares 5, 7). Una mujer hebrea nunca hubiera ni siquiera soñado con entrar al Templo (o más tarde, la sinagoga) sin cubrirse la cabeza. Esta práctica, simplemente, continuó en la Iglesia Católica.
AQUELLO QUE SE CUBRE CON VELO ES SAGRADO
Las mujeres no usan velo por un cierto sentido “primordial” de vergüenza femenina; lo que cubren es su gloria, de tal manera que, en cambio, sea Dios glorificado.
Se cubren con un velo porque son sagradas, y porque la belleza femenina es increíblemente poderosa. Y para mayor credibilidad, obsérvese cómo la imagen de la mujer es usada para vender cualquier cosa, desde champú hasta autos usados.
Las mujeres necesitan entender el poder de la femineidad y actuar acorde a ello, siguiendo las reglas de la modestia en el vestir, incluyendo el uso del velo.
Mediante la renuncia de su gloria a la autoridad de sus maridos y de Dios, las mujeres se someten a ellos de la misma manera que la Santísima Virgen se sometió al Espíritu Santo (“que se haga en mí según Tu palabra”); el velo es un signo tan poderoso -y hermoso- como lo es cuando un hombre se pone de rodillas para pedir a su novia que se case con él.
Ahora, considérese qué otra cosa estaba cubierta con velo en el Antiguo Testamento: ¡el Santo de los Santos!
Leemos en Hebreos 9, 1-8:
También el primer pacto tenía reglamento para el culto y un santuario terrestre; puesto que fue establecido un tabernáculo, el primero, en que se hallaban el candelabro y la mesa y los panes de la proposición —éste se llamaba el Santo—;  y detrás del segundo velo, un tabernáculo que se llamaba el Santísimo,  el cual contenía un altar de oro para incienso y el Arca de la Alianza, cubierta toda ella de oro, en la cual estaba un vaso de oro con el maná, y la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas de la Alianza;  y sobre ella, Querubines de gloria que hacían sombra al propiciatorio, acerca de lo cual nada hay que decir ahora en particular. Dispuestas así estas cosas, en el primer tabernáculo entran siempre los sacerdotes para cumplir las funciones del culto; más en el segundo una sola vez al año el Sumo Sacerdote, solo y no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo; dando con esto a entender el Espíritu Santo no hallarse todavía manifiesto el camino del Santuario, mientras subsiste el primer tabernáculo.
El Arca de la Antigua Alianza era conservada detrás del velo del Santo de los Santos.
Y en la Santa Misa, ¿qué es lo que se conserva cubierto con un velo hasta el Ofertorio? El Cáliz, el vaso sagrado que contendrá la Preciosísima Sangre.
Y, entre Misas, ¿qué es lo que se encuentra cubierto con un velo?
El Copón en el Sagrario, el vaso sagrado que contiene el mismo Cuerpo de Cristo.
Estos vasos de vida están cubiertos por un velo porque son sagrados.
¿Y a quién se ve cubierta siempre con un velo? ¿Quién es la Santísima, el Arca de la Nueva Alianza, el Vaso de la Verdadera Vida? Nuestra Señora, la Santísima Virgen María.
Al usar el velo, las mujeres la imitan y se afirman como mujeres, como vasos de vida.
Este solo acto, superficialmente pequeño, de cubrirse la cabeza con un velo, es:
·        Riquísimo en simbolismo: de sumisión a la autoridad; de entrega a Dios; de imitación a Nuestra Señora que expresó su ‘fiat’; de cubrir la gloria propia por la gloria de Dios; de modestia; castidad; de vasos de vida, como el Cáliz, el Copón y, especialmente, la Santísima Virgen María.
·        Una ordenanza apostólica –con profundas raíces en el Antiguo Testamento– y, por lo tanto, un asunto de intrínseca Tradición.
·        La forma en que las mujeres católicas han rendido culto durante dos milenios (y, aun cuando no sea una cuestión de la Sagrada Tradición en un sentido intrínseco, es, al menos, una cuestión de tradición eclesial, que debería también ser conservada). Es nuestra herencia, una parte de la cultura católica.
San Ambrosio, en su Tratado sobre la Virginidad, relata el hecho histórico de una joven de la nobleza forzada por su familia al matrimonio. La joven huye hacia la iglesia, y junto al altar suplica al sacerdote que pronuncie sobre ella la oración de consagración de las vírgenes y le imponga como velo el lienzo del altar.
Él será para la joven el signo de su desposorio con Cristo. Ese velo, al igual que cubre el altar para el santo sacrificio, cubrirá el nuevo altar del corazón de la joven, donde ofrecerá el sacrificio diario de su virginidad como ofrenda de suave olor al Padre eterno.
¿Por qué el velo en la mujer?
Ya le hemos considerado, pero quiero apuntar, entre otras, tres razones:
1ª. Porque ella es hermosa. El velo le recuerda que no debe dejarse llevar por la concupiscencia de la belleza, ni arrastrar a otros. El velo es signo del pudor y recato, de la modestia en el ornato con que siempre ha de vivir y presentarse ante Dios.
2ª. Porque ella es madre. De una forma especial la mujer ha sido unida a la obra creadora de Dios por su propia maternidad. El velo le recuerda que su maternidad es sagrada, y por ello se cubre, para indicar que, al estar cubierta, el mundo no puede dañarla ni ella dejarse. Y, además, todo lo sagrado se cubre.
3ª. Por su maternidad espiritual. Este es un aspecto importantísimo y desconocido por la mujer. La mujer pudorosamente vestida, cubierta con su velo, en silencio orante, es fiel reflejo de la imagen de la Santísima Virgen que, con su silencio y su velo, oraba incesantemente por su Hijo y meditaba su obra redentora.
Con el signo distintivo de su velo, el recogimiento de la mujer dentro de la iglesia tiene un fruto riquísimo para la Iglesia, para la santidad sacerdotal, el sostenimiento moral y espiritual del clero y para el fomento de las vocaciones.
La maternidad espiritual es una grandísima y hermosísima vocación femenina, muy desconocida desgraciadamente, pero de un valor que me atrevería a decir de “estratégico” dentro de la Iglesia.
Nuestros tiempos hacen la renuncia explícita de esos tres valores.
Renuncia a la belleza, reemplazada por lo feo, lo carente de armonía, lo provocador, lo disonante, lo oscuro, lo agresivo.
La maternidad física es desplazada y despreciada, relegada por el éxito material, profesional, temporal, académico, económico. La maternidad es suplantada por el confort, la figura, la comodidad, el bienestar, los caprichos.
La maternidad espiritual es ignorada, y en su lugar queda una profunda e insondable esterilidad y frigidez espiritual que se encubre de activismo hueco que no deja huella en el alma de nadie.
Asistimos hoy al proceso de destrucción de la familia, la sociedad y la cultura. Un tiempo que desafía a Dios y repite y grita en cada gesto y en cada acción: “No queremos que este reine sobre nosotros”.
Todos sabemos hasta qué punto el ataque a la mujer, a su verdadero ser y condición es la causa de esta destrucción a la que asistimos. Toda tarea de restauración de la familia, la sociedad y la cultura deberá pasar por la recuperación del verdadero rol y dignidad de la mujer.
Pensemos en aquella tremenda y magnífica profecía de Santa Hildegarda de Bingen, fuerte en su plasticidad y significación, cuando escribe:
Vi una mujer de una tal belleza que la mente humana no es capaz de comprender. Su figura se erguía de la tierra hasta el cielo. Su rostro brillaba con un esplendor sublime. Sus ojos miraban al cielo. Llevaba un vestido luminoso y radiante de seda blanca y con un manto cuajado de piedras preciosas (…). Pero su rostro estaba cubierto de polvo, su vestido estaba rasgado en la parte derecha. También el manto había perdido su belleza singular y sus zapatos estaban sucios por encima. Con gran voz y lastimera, la mujer alzó su grito al cielo: “Escucha, cielo: mi rostro está embadurnado. Aflígete, tierra: mi vestido está rasgado. Tiembla, abismo: mis zapatos están ensuciados (…). Los estigmas de mi esposo permanecen frescos y abiertos mientras estén abiertas las heridas de los pecados de los hombres. El que permanezcan abiertas las heridas de Cristo es precisamente culpa de los sacerdotes. Ellos rasgan mi vestido porque son transgresores de la Ley, del Evangelio y de su deber sacerdotal. Quitan el esplendor de mi manto, porque descuidan totalmente los preceptos que tienen impuestos. Ensucian mis zapatos, porque no caminan por el camino recto, es decir por el duro y severo de la justicia, y también porque no dan un buen ejemplo a sus súbditos. Sin embargo, encuentro en algunos el esplendor de la verdad” Y escuché una voz del cielo que decía: “Esta imagen representa a la Iglesia. Por esto, oh ser humano que ves todo esto y que escuchas los lamentos, anúncialo a los sacerdotes que han de guiar e instruir al pueblo de Dios y a los que, como a los apóstoles, se les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación»”.
Su rostro, el que debía estar cubierto por un velo, está cubierto de polvo. ¿Ha perdido el pudor que la reservaba, la sacralidad que la preservaba? La imagen como dice Santa Hildegarda, es representación de la Iglesia, pero ¿podría ser también representación de la mujer caída de la dignidad que le otorgaba el cumplimiento fiel de la voluntad de Dios?
Pensemos en tantas “desveladas”, conocidas y desconocidas, cuyo mayor esfuerzo es, precisamente, la ruptura del orden, la ruptura de la fidelidad, la ruptura de la misión. Desveladas para no velar por nada que valga la pena; desveladas para impedir que otras tantas mujeres sean altar del Creador y lleven en su seno al fruto de verdadero amor.
Desde los años ’60 cundieron por el mundo, tanto en el campo liberal como en el socialista, las ideas de la “liberación” femenina. ¿Liberación de qué? Del rol principalísimo de la mujer como esposa y madre (no es casual que los años ‘60s fueran los años de la explosión de la píldora).
Liberación de la maternidad, liberación de la ternura, liberación de su lugar y su papel exclusivo, que nadie podría reemplazar. También a la Iglesia afectó esa idea, y la liberación tuvo su signo en la abolición práctica del velo. Sólo las religiosas lo mantuvieron (¡y ni tanto!) como signo de la maternidad espiritual (hoy también asistimos al “desvelamiento” de las religiosas; y el tiempo nos va diciendo de su infecundidad espiritual).
Pensemos en el significado de estar velada, cubierta, solemne, subrayando el misterio que se oculta debajo del velo. Pensemos en el desprecio de nuestros tiempos por el misterio hondo, alto. Todo debe ser explícito, todo debe ser mostrado.
Pero el ansia infantil de misterio, el afán del asombro y de la admiración existe; y entonces es suplantado por una caricatura: la literatura y el cine de misterio, suspenso, terror.
El misterio verdadero que oculta el velo, es el de esa mujer velada que somete libremente su voluntad, se entrega como la novia ante el altar y allí en lo secreto ofrece sus muchos y variados desvelos por el hijo, por cada hijo, por el esposo, por la vida que aún no late, por la vida que va creciendo y toma su rumbo, por los hijos espirituales, por los amigos.
El velo, al igual que cubre el altar para el santo sacrificio, cubre el altar del corazón de la mujer, donde ofrecerá el sacrificio diario de su virginidad o de su maternidad, el sacrificio diario de su fecundidad espiritual.
El falso feminismo, al que muchas mujeres han cedido, aparta a la mujer de su verdadera vocación a la maternidad y a la familia.
¡Cuánto daño sobrevino a la mujer y a la santidad de la Iglesia aquel día en que por primera vez entró sin su velo la mujer a la iglesia! Al quitarse el velo ya no pudo evitar quitarse otras prendas de su vestido. Y hoy vemos, con rubor y tristeza, la absoluta falta de pudor con que muchas mujeres entran en la iglesia.
Y como consecuencia desapareció aquel apoyo espiritual, aquella maternidad espiritual.
Mujer, mira el velo como el paño del altar de tu corazón; donde has de ofrecer cada día al Señor el sacrificio de tu vida entregada a tu familia; donde ofrezcas las ofrendas de tu pudor y modestia en el vestir; donde ofrezcas las ofrendas de tu maternidad o de tu virginidad, y en ambos casos las ofrendas de tu maternidad espiritual.
El velo es un honor para la mujer.
El velo es un honor para ti.

+Adelante la fe


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